Ayer la prensa contó que hace semanas condenaron a un miembro de la extrema derecha por amenazarme por redes sociales, deseando otra guerra civil para “llenar las cunetas de gente como yo”, entre otras cosas. Nada demasiado grave ni nada, desafortunadamente, excepcional. Por desgracia, nos hemos ido acostumbrando a que este tipo de cosas “van en el cargo” y pasan cotidianamente.
En mi caso se ha contado y ha tenido cierta repercusión porque soy cargo público y conocido. Pero amenazas como estas, hostigamiento y agresiones como estas, reciben a diario miles de personas sin que sea noticia. Militantes feministas y LGTBI, activistas vecinales, gente que se implica en sindicatos de barrio o de inquilinos, ciudadanos que participan de la cultura alternativa, gente que milita en el antirracismo, personas comprometidas con los valores de izquierdas. Gente toda que aguanta y persevera. Que hace lo correcto. Todas esas situaciones son anónimas, pero deberían contarse.
Todo este odio no ha aparecido por arte de magia. Se ha sembrado. Lo han sembrado como siempre desde arriba, en un envilecimiento lento y progresivo que envenena nuestras sociedades, maltrechas por la desigualdad, la fragmentación, la incertidumbre y la ansiedad. Que ante los despropósitos de los más fuertes señala de manera cobarde y servil a los más débiles. Es el odio del penúltimo contra el último.
Así que me he decidido a escribir estas líneas por si puede ayudar a visibilizar tantas situaciones anónimas y para mandar un abrazo y fuerza a todas y todos los que construyen lazo social y empatía en condiciones difíciles, contra la miseria moral de los reaccionarios. En ese empeño por hacer comunidad está la mayor esperanza de hacer de los débiles fuerza y de poner orden en un modelo depredador de la Tierra, de los cuerpos y de la vida. Para que haya un futuro sin miedo.
Íñigo Errejón.
En mi caso se ha contado y ha tenido cierta repercusión porque soy cargo público y conocido. Pero amenazas como estas, hostigamiento y agresiones como estas, reciben a diario miles de personas sin que sea noticia. Militantes feministas y LGTBI, activistas vecinales, gente que se implica en sindicatos de barrio o de inquilinos, ciudadanos que participan de la cultura alternativa, gente que milita en el antirracismo, personas comprometidas con los valores de izquierdas. Gente toda que aguanta y persevera. Que hace lo correcto. Todas esas situaciones son anónimas, pero deberían contarse.
Todo este odio no ha aparecido por arte de magia. Se ha sembrado. Lo han sembrado como siempre desde arriba, en un envilecimiento lento y progresivo que envenena nuestras sociedades, maltrechas por la desigualdad, la fragmentación, la incertidumbre y la ansiedad. Que ante los despropósitos de los más fuertes señala de manera cobarde y servil a los más débiles. Es el odio del penúltimo contra el último.
Así que me he decidido a escribir estas líneas por si puede ayudar a visibilizar tantas situaciones anónimas y para mandar un abrazo y fuerza a todas y todos los que construyen lazo social y empatía en condiciones difíciles, contra la miseria moral de los reaccionarios. En ese empeño por hacer comunidad está la mayor esperanza de hacer de los débiles fuerza y de poner orden en un modelo depredador de la Tierra, de los cuerpos y de la vida. Para que haya un futuro sin miedo.
Íñigo Errejón.