Jorge Lago
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Sociólogo y editor. Profesor de Teoría política contemporánea en la UC3M
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Preparando el Seminario que imparto esta tarde sobre Debates y Combates, el libro en el que Laclau discute con varios pensadores de izquierda (Zizek, Badiou, Negri...), me he topado con esta frase que, creo, viene bien para pensar la investidura que viene o no viene:

"En una sociedad que experimenta una crisis orgánica, la necesidad de algún tipo de orden, sea conservador o revolucionario, se vuelve más importante que el orden concreto que colma esta necesidad"

Inauguro así y con esta cita mi canal de telegram. Todo sea ordenar un poco ideas y propuestas. Pasen y lean!

Animaos a seguir mi canal: http://telegram.me/jorgelago
Rita Maestre también se ha abierto un canal de telegram. La podéis seguir por aquí: telegram.me/Rita_Maestre
Una de las cosas que tuvimos que aprender con las derrotas sucesivas de nuestras distintas luchas y, por qué no decirlo, con las victorias más o menos contundentes que permitió Podemos en comunidades autónomas o ayuntamientos, fue que la institución es un campo de batalla no solo posible, sino, hoy por hoy, absolutamente necesario. Que la lucha, además de en las calles, está en los parlamentos.

La imagen entre nostálgica y heroica de la lucha contestataria en calles, huelgas, ocupaciones y manifestaciones no puede (¡no debe!) eclipsar una lucha más cotidiana y gris pero sin la cual no hay cambio posible.

Mañana, en La Morada, gente que viene de distintas luchas sociales e institucionales se dan cita para hablar de eso, del cambio político desde las instituciones. Pablo Padilla, que luchó desde Juventud Sin Futuro, el Patio Maravillas o la Ofi Precaria y hoy lo hace desde su escaño en la Asamblea de Madrid, como Mónica García, imprescindible en la marea blanca que dio continuidad y dignidad al ciclo de movilizaciones que arrancó con el 15M; y Agustín Baeza, coordinador del grupo parlamentario de Podemos en la Asamblea de Madrid y, por ello, experto en todo lo que se puede hacer desde la institución pero, también, en todo lo que la institución puede hacerte.

Sí, se puede pensar el cambio desde las instituciones siempre que nos se olvide que las instituciones están pensadas para neutralizar el cambio.
Una vez más, la campaña más o menos orquestada del miedo se desvanece. Algunos no entienden que la ciudadanía pueda organizarse y pretender tomar el poder, y necesitan pensar que hay algo detrás, una mano negra, un Estado financiando en la sombra, negocios sucios o cualquier otra costumbre habitual de los que acusan. Otros saben bien que no hay más Podemos que el que se ve en las calles, los círculos y los Consejos, y eso es precisamente lo que les da miedo. Y acusan, ensucian, intentan cambiar su miedo de bando. Pero, una vez más, no pueden: http://www.publico.es/politica/supremo-archiva-causa-pablo-iglesias.html
Los hay (propios y extraños) que piensan que lo de la transversalidad era una estrategia puntual (y más o menos electoral) para un momento excepcional (crisis económica, corrupción), pero que lo normal es y era lo de siempre: izquierda y derecha. No, las identidades izquierda y derecha ni son eternas ni son necesariamente útiles para el cambio político (de hecho, son bien útiles para el inmovilismo: reparto de las posiciones a la izquierda y la derecha de una imaginaria línea horizontal donde solo quedan mitades casi iguales que repartir y que imposibilitan por definición mayorías sociales más amplias). Hoy más que nunca necesitamos entender que puede (¡y debe!) articularse, desde la transversalidad, una identidad política nueva que aglutine a todxs aquellxs que entienden que sus anhelos y deseos no son compatibles con los partidos viejos, ni con sus modelos económicos, sociales y culturales. Esa identidad nueva no es, no puede ser, la suma de las fuerzas de izquierda. Si es eso, habremos perdido una oportunidad histórica para construir poder popular y fuerza social. Y para ganar, si no el poder, al menos un lugar no desdeñable para ejercerlo: el gobierno.
Si el PSOE estuviese realmente dispuesto a gobernar, además de aceptar la oferta de Podemos para un gobierno del cambio, habría sugerido a Podemos un gobierno socialista en solitario. Podemos podría haber aceptado o no abstenerse para ello (y buenas razones tiene para no hacerlo), pero al menos habría percibido una clara voluntad de cambio, de anteponer medidas en favor de las mayorías a un pacto, el que mantiene caiga con caiga con Ciudadanos, que no es necesario para formar gobierno y, además, no altera en lo sustantivo las políticas económicas y sociales del PP. Los números dan para un gobierno del cambio, y en la votación para la tramitación de la ley 25 se vio claramente.

El pacto con Ciudadanos no es necesario, no, y tiene a todas luces otros fines que el acceso al gobierno: que Pedro Sánchez se mantenga en la dirección del partido -acaso como única vía para conseguirlo-; que algunos sectores empresariales y de poder, que ven a Ciudadanos como garantía del cumplimiento de sus interese, apoyen a Sánchez; que, en unas ya muy probables elecciones repetidas sea Pedro Sánchez el candidato (de nuevo, como única vía para que lo sea); y todo, claro, intentando que el PSOE pueda aparecer como el que intentó por todos los medios un gobierno de cambio… Eso sí, con quien durante la campaña electoral representaba todos y cada uno de los males reunidos en un solo partido. Eso sí, sin alterar de fondo la política austeridad marcada por Bruselas. Eso sí, sin ir al fondo de los problemas sociales (educación pública, desigualdad social y de género, paro, sandidad) que levantaron a la sociedad española en 2011.

La responsabilidad histórica que tiene el PSOE a la hora de permitir que el PP de los casos Valencia o Soria, el del Aznar de guerras e impuestos, la Gürtel o Granada… El PP de las reformas laborales, los recortes en sanidad, educación y jubilaciones, el PP de Bankia, Rato y los desahucios… La responsabilidad histórica de permitir que el PP siga gobernando y pueda, en unas eventuales elecciones repetidas, volver a ganar, esa responsabilidad no sé cómo nombrarla, porque cualquier adjetivación se me queda corta.
"El éxito parcial de Podemos no se debe sólo a saber escuchar lo que "la calle" dice y trasladarlo a las instituciones. En primer lugar porque "la calle" no dice una sola cosa, sino muchas y a menudo contradictorias. En segundo lugar porque la política siempre ha sido una actividad de construir orden y sentido en medio de voluntades entrecruzadas, contradicciones y posiciones cambiantes. Y en los momentos de crisis, que nunca son de clarificación de bandos sino de fragmentación y colapso de las identificaciones tradicionales, se hace más importante aún la política como construcción colectiva de un relato que agrupe los dolores, postule una visión diferente de la situación y proponga un horizonte y aspiración que condense todo un cúmulo general de reclamaciones frustradas y no canalizadas por las instituciones. Una visión que también produzca lazos afectivos y de solidaridad y pertenencia, así como una meta colectiva e iconos y liderazgos que catalicen una nueva identidad". Del artículo de Iñigo Errejon hoy. http://ctxt.es/es/20160420/Firmas/5562/Podemos-transformacion-identidad-poder-cambio-Tribunas-y-Debates.htm#.VxtH6BVMXyQ.twitter
En La Morada seguimos pensando lo que nos pasa, y no solo nos pasa la ausencia de gobierno por la negativa del PSOE a salir de la jaula de hierro naranja.

El jueves, por ejemplo, debatimos sobre lo que está ocurriendo en Francia con Nuit Debout, la ocupación de La Place de la Republique por indignados contra la última reforma laboral, esa que ha propuesto el gobierno socialista francés sin ocultar que se parece mucho a la última reforma laboral española. Sí, sí, la de Rajoy. Es interesante conocer qué ocurre en París estos días, y no solo porque, a pesar de todas las diferencias, recuerda al 15M, sino porque pone encima de la mesa dos contradicciones políticas que en España hemos conocido bien: por un lado, una socialdemocracia que se distingue cada vez menos de los partidos conservadores o liberales europeos, por otro lado, unas izquierdas a la izquierda de la socialdemocracia a las que les cuesta salir de sus marcos de identidad habituales para llegar a las mayorías sociales. Contaremos para ello con Miguel Urbán, Pablo Bustinduy, Alicia Heras y José Ángel Calderón.

Y el viernes nos preguntaremos qué celebramos el domingo, ese 1 de mayo tradicional y de dignidad de todos los que no tienen más remedio que intercambiar su capacidad o fuerza por un salario. Pero, desde esa conmemoración primera de los mártires de Chicago allá por 1889 hasta hoy, el trabajo ha cambiado sustancialmente, así como las demandas en torno a él. ¿Podemos seguir pensando la identidad (personal y política) a partir del trabajo asalariado? ¿Puede (y debe) haber trabajo para todos, o podemos pensar las identidades y las biografías a partir de una actividad que no necesariamente sea asalariada? ¿Qué queda del movimiento obrero? ¿Qué ha supuesto la incorporación masiva de la mujer a los mercados de trabajo durante el S.XX? ¿Qué futuro para el trabajo? ¿Apostamos por la renta básica? ¿Por la reducción del tiempo de trabajo? Debate de altura con Rafa Mayoral, Tania González, Jorge Moruno, Ivan Ayala y un servidor.

Aquí os dejo el cartel de ambos eventos, que son un previo de la Universidad de Verano que estamos empezando a preparar desde el Instituto 25M para Podemos. Os esperamos:
Creo que la pregunta ¿qué hacer con el trabajo? ordenó mejor que ninguna otra las ideologías del siglo XX:

¿Abolirlo en favor de una sociedad ordenada por la cooperación y el tiempo libre? (Marxismos más o menos libertarios)

¿Convertirlo en pilar de unas sociedades que lo glorifican y convierten en mito regulador de identidades individuales y colectivas? (Marxismo occidental, III Internacional)

¿Ordenar las sociedades en torno a la equivalencia general trabajo=ciudadanía, donde una parte de los ingresos del trabajo asegura la reproducción social (sanidad, educación, cultura...) a cambio de ordenar la vida entera en torno a la sujeción del tiempo de vida al centro de trabajo (de un hombre blanco, fundamentalmente), y donde progreso individual (carrera profesional) y colectivo (creencia en el progreso) coinciden en un relato mítico de crecimiento y seguridad? (Socialdemocracias varias)

¿Convertir el trabajo en una suerte de plataforma para una auto-realización individual enfrentada siempre a la del resto, donde la libertad es equivalente a la ruptura de cualquier orden colectivo bajo el mandato de 'hazte a ti mismo' sin seguridad u horizontes compartidos? (Neoliberalismos)

Hoy, en La Morada, nos preguntamos por estas y otras cuestiones, por, en definitiva, qué trabajo se celebra el 1 de mayo. O cuál sería mejor celebrar, si es que hay que celebrar alguno.
Forwarded from Clara Serra
Hoy es el día del trabajo y el día de la madre y por eso es una fecha para recordar algunas cosas importantes.
Hay que recordar que trabajo no es lo mismo que empleo, porque los cuidados, que mayoritariamente hacen las madres, también son un trabajo, aunque sea un trabajo invisibilizado y no remunerado. Tenemos que poner en el centro ese trabajo de cuidados, para hacerlo entre todos y todas: para abordarlo con servicios públicos y para repartirlo entre hombres y mujeres, por ejemplo con permisos iguales e intransferibles.
Hay que recordar que la desigualdad en esos cuidados hace que hoy día muchas mujeres estén obligadas a elegir entre empleo o maternidad. Ser madre es en España muchas veces un motivo de discriminación laboral, una vía de entrada en la precariedad laboral y un detonante de la brecha salarial. Queremos que la maternidad no sea una carrera de obstáculos, que las mujeres sean profesionalmente lo que decidan ser y que tengan independencia económica y plenos derechos.
Hay que recordar que defender la maternidad no es obligar a las mujeres que no desean ser madres a serlo, sino garantizar los derechos de todas las que sí lo desean. Frente a un Partido Popular que ha negado el derecho de las mujeres a elegir libremente su maternidad y que ha excluido a muchas mujeres de ella -como ha excluido a las mujeres solas y a las mujeres lesbianas de la reproducción asistida- en Podemos decimos que defender la maternidad es defender a las madres, a todas ellas. Feliz día para todas.

Rescato un artículo de hace tiempo para que digamos claro quién defiende la maternidad http://www.elmundo.es/espana/2015/05/03/5545079ce2704eba1d8b4576.html
Cada vez más cansado de la cantidad de artículos recientes que inciden en una separación entre el discurso y la realidad. Una oposición entre los que supuestamente creen (o creemos) que todo es lenguaje, discurso, palabras; y aquellos que saben bien que lo real existe ahí fuera y es una materialidad bien distinta del lenguaje. Una oposición que tendría, además, tintes éticos y políticos: los que leen, piensan y miran desde fuera las cosas y creen que el lenguaje lo crea todo; y los que se comprometen con la realidad material y, claro, con el sudor y las lágrimas de sus protagonistas, que no son discursos sino obreros, precarios, pobres, parados, etc.

Digámoslo claro: la realidad solo se puede nombrar. Y nombrar es usar el lenguaje. Nada queda fuera de un discurso porque lo real no se nombra a sí mismo. Que haya unos discursos que funcionan y otros que no, o que no tanto, solo dice de la capacidad de un discurso para convencer, movilizar, ilusionar, no de que se acerque más o menos a algo llamado la realidad. Porque, ¿desde dónde sabríamos que un discurso se acerca o representa mejor la realidad que otro?

Afirmar que hay una realidad ahí fuera al margen del discurso que la nombra es, claro, del todo posible y seguramente muy sensato, pero eso es bien distinto de sostener que sabemos qué discurso o qué lenguajes son los que mejor y más correctamente la nombran. Muy distinto, también, de todos los que necesitan hacer una distinción entre discurso y realidad para, a continuación, sostener que que su discurso (lo que dicen sobre la realidad) es verdadero y el de los demás falso.

Nada hay más alejado de una apuesta política democrática que la necesidad de defender una suerte de compromiso con la realidad (el sufrimiento de la gente, la clase obrera, el reparto desigual de la riqueza, por ejemplo) como si se tratara de una verdad al margen del discurso y del lenguaje, como algo evidente por sí mismo, una realidad material que no necesita de palabras o de discursos para nombrarse, que dice lo que hay, así, tal cual y sin mediación alguna.

Las dimensiones que normalmente se invocan para dar cuenta de los límites de las apuestas discursivas (da igual que se refieran al sufrimiento, a la pobreza, a las clases sociales, a la economía como un hecho en sí, a la crisis) son tan materiales o reales como discursivas (el sufrimiento existe socialmente si se enuncia y se hace por tanto visible para el resto, si se encarna en discursos que puedan compartirse -bien por empatía, rabia, odio…-, las clases sociales son formas de ordenar, es decir, de nombrar la realidad social, que no significan nada por sí mismas hasta que se las dota de contenido, es decir, de discurso; sin la crisis no hay indignación y sin ésta, no hay 15M, mareas o Podemos; pero la crisis pudo dar lugar a soluciones políticas de extrema derecha o de una extrema izquierda impotente y cerrada sobre sí misma. También puedo dar lugar a una fuerza que apela a la transversalidad y a la construcción popular. Vale decir, en la crisis no hay más materialidad política que la que se traduce en apuestas políticas, es decir, en discursos y lenguajes).

Cuando se opone lo real a lo discursivo, lo que normalmente se hace es oponer el discurso de uno al discurso del otro, y sostener que el propio es cierto, real, verdadero porque sostenido en la realidad, y el del contrario no. El problema, como siempre, es cómo saber que tu discurso es más real, verdadero y materialmente cierto que otro. La realidad que se defiende como distinta de los discursos de los demás (esos que se tildan de demagogos, populistas, los que hacen de la política comunicación, a los que les falta compromiso con la realidad, los que quieren contentar a todos…) es, simplemente, el discurso propio convertido en incuestionable. O, peor aún, la apropiación inconsciente del discurso común y dominante (hegemónico si se quiere), confundido con una realidad que siempre estuvo ahí.