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.Estrofa 1Ferida demais, por culpa sua, amigo, eu fui deixandoFerida demais, que em te ver de novo nem sigo pensandoPobre de quem venha e queira agora governar minha vidaBuscando se impor, tentando amar-me com uma mentiraEstribilloFerida demais, já quase pareço um pardal sem asasComo se eu fosse menos que o nadaComo a gaivota longe de sua praiaFerida demais, pra ver claramente o que me maltrataPra estar planejando o meu amanhãSe o meu caminho aqui terminouEstrofa 2Ferida demais, pra você pedir que eu tente de novoVai pagar a culpa, queira Deus que nunca sinta esse sufocoFerida demais, abra bem os olhos, é a despedidaE, ao fechar a porta, deve esquecer-me por toda a vida
.Estrofa 1Ferida demais, por culpa sua, amigo, eu fui deixandoFerida demais, que em te ver de novo nem sigo pensandoPobre de quem venha e queira agora governar minha vidaBuscando se impor, tentando amar-me com uma mentiraEstribilloFerida demais, já quase pareço um pardal sem asasComo se eu fosse menos que o nadaComo a gaivota longe de sua praiaFerida demais, pra ver claramente o que me maltrataPra estar planejando o meu amanhãSe o meu caminho aqui terminouEstrofa 2Ferida demais, pra você pedir que eu tente de novoVai pagar a culpa, queira Deus que nunca sinta esse sufocoFerida demais, abra bem os olhos, é a despedidaE, ao fechar a porta, deve esquecer-me por toda a vida
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Estimadas, Estimados, para serles franco en los estallidos pasados los aportes fueron considerablemente inferiores a lo necesario para la sustentabilidad del programa.
Les pido encarecidamente aportar.
Un abrazo fraterno
Les pido encarecidamente aportar.
Un abrazo fraterno
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Informado Oportunamente en el Estallido
https://x.com/Alertainforma24/status/2116714029712322979/video/1
https://x.com/Alertainforma24/status/2116714029712322979/video/1
X (formerly Twitter)
Alerta Informativa (@Alertainforma24) on X
A prepararse 😯
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De Tucker Carlson
Bajo la presión del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, la administración Trump podría estar a días de lanzar un ataque nuclear contra Irán. El objetivo sería la Montaña Pica en el centro de Irán, donde la inteligencia israelí afirma que el gobierno iraní ha reiniciado su programa de enriquecimiento nuclear. Ningún arma convencional en el arsenal estadounidense puede penetrar 300 pies de granito sólido para destruir los túneles donde supuestamente se realiza el enriquecimiento. La única opción militar es un ataque nuclear. Netanyahu ha estado presionando con fuerza por uno. “Bibi llama a Trump al respecto todos los días”, dice un observador informado.
Netanyahu está acorralado y desesperado. Tras los resultados de las elecciones de la semana pasada, no puede formar un gobierno a menos que Trump intervenga directamente en la política israelí y negocie un acuerdo con otros partidos que le dé a Netanyahu 61 escaños en la Knéset. De lo contrario, quedará fuera como primer ministro y en camino al oprobio, investigaciones y posiblemente la cárcel. Netanyahu debe mantenerse cerca de Trump. Necesita esta guerra.
Con ese fin, ha aplicado la máxima presión a sus aliados más cercanos en la administración, incluido el secretario de Defensa Pete Hegseth y el comandante del CENTCOM Brad Cooper. Ambos se oponen a un acuerdo negociado para la guerra que han gestionado tan gravemente; ambos están presionando para reiniciar operaciones de combate mayores. El secretario de Estado Marco Rubio y el director de la CIA John Ratcliffe también siguen la línea de Netanyahu, al igual que los líderes del Partido Demócrata. En una reunión reciente sobre el tema, el ex presidente Barack Obama dijo que se opone al actual acuerdo de paz con Irán que se está redactando en Doha.
El resto de los aliados de larga data de Estados Unidos en Oriente Medio están aterrorizados ante la perspectiva de más guerra. El 27 de septiembre, Netanyahu voló en secreto a Abu Dabi para alistar a los Emiratos Árabes Unidos en su esfuerzo de cabildeo por un ataque final contra Irán. Los emiratíes se negaron. Tras ocho meses de conflicto, las economías del Golfo están tambaleándose. Lo mismo ocurre con los mercados globales de energía y fertilizantes. No se recuperarán pronto. A nivel global, hay un total de unos 850 supertanqueros utilizados para transportar petróleo de los productores al resto del mundo. Solo en octubre, 11 de ellos sufrieron graves daños en Ormuz. A este ritmo, una depresión global es inminente. Un ataque nuclear aceleraría radicalmente la destrucción. La lluvia radiactiva de una explosión en tierra en la Montaña Pica contaminaría el Golfo Pérsico, envenenando el suministro de agua para 100 millones de personas.
Y esas son solo algunas de las consecuencias inmediatas para la región. El resto del mundo está igual de expuesto. Ningún país aparte de Estados Unidos ha utilizado nunca un arma nuclear en una guerra. Algunos querrían hacerlo. Un ataque nuclear estadounidense contra Irán establecería un nuevo precedente. Los rusos ya le han dicho al menos a dos gobiernos más que un ataque nuclear estadounidense contra Irán los liberaría para usar armas nucleares contra Ucrania. Pakistán e India se verían tentados a hacer lo mismo entre sí, al igual que Corea del Norte contra Seúl. Tras el primer ataque nuclear, la Tercera Guerra Mundial es inevitable. Esa guerra sería corta y final.
Hemos estado caminando dormidos hacia este momento durante meses. Desde febrero, la administración ha reescrito en silencio la doctrina nuclear de Estados Unidos para hacer más fácil y, por tanto, más probable el primer uso de las llamadas “armas nucleares de campo de batalla”. Nadie en Washington, en ninguno de los dos partidos, parece molesto por esto. Ahora estamos al borde de ello.
Bajo la presión del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, la administración Trump podría estar a días de lanzar un ataque nuclear contra Irán. El objetivo sería la Montaña Pica en el centro de Irán, donde la inteligencia israelí afirma que el gobierno iraní ha reiniciado su programa de enriquecimiento nuclear. Ningún arma convencional en el arsenal estadounidense puede penetrar 300 pies de granito sólido para destruir los túneles donde supuestamente se realiza el enriquecimiento. La única opción militar es un ataque nuclear. Netanyahu ha estado presionando con fuerza por uno. “Bibi llama a Trump al respecto todos los días”, dice un observador informado.
Netanyahu está acorralado y desesperado. Tras los resultados de las elecciones de la semana pasada, no puede formar un gobierno a menos que Trump intervenga directamente en la política israelí y negocie un acuerdo con otros partidos que le dé a Netanyahu 61 escaños en la Knéset. De lo contrario, quedará fuera como primer ministro y en camino al oprobio, investigaciones y posiblemente la cárcel. Netanyahu debe mantenerse cerca de Trump. Necesita esta guerra.
Con ese fin, ha aplicado la máxima presión a sus aliados más cercanos en la administración, incluido el secretario de Defensa Pete Hegseth y el comandante del CENTCOM Brad Cooper. Ambos se oponen a un acuerdo negociado para la guerra que han gestionado tan gravemente; ambos están presionando para reiniciar operaciones de combate mayores. El secretario de Estado Marco Rubio y el director de la CIA John Ratcliffe también siguen la línea de Netanyahu, al igual que los líderes del Partido Demócrata. En una reunión reciente sobre el tema, el ex presidente Barack Obama dijo que se opone al actual acuerdo de paz con Irán que se está redactando en Doha.
El resto de los aliados de larga data de Estados Unidos en Oriente Medio están aterrorizados ante la perspectiva de más guerra. El 27 de septiembre, Netanyahu voló en secreto a Abu Dabi para alistar a los Emiratos Árabes Unidos en su esfuerzo de cabildeo por un ataque final contra Irán. Los emiratíes se negaron. Tras ocho meses de conflicto, las economías del Golfo están tambaleándose. Lo mismo ocurre con los mercados globales de energía y fertilizantes. No se recuperarán pronto. A nivel global, hay un total de unos 850 supertanqueros utilizados para transportar petróleo de los productores al resto del mundo. Solo en octubre, 11 de ellos sufrieron graves daños en Ormuz. A este ritmo, una depresión global es inminente. Un ataque nuclear aceleraría radicalmente la destrucción. La lluvia radiactiva de una explosión en tierra en la Montaña Pica contaminaría el Golfo Pérsico, envenenando el suministro de agua para 100 millones de personas.
Y esas son solo algunas de las consecuencias inmediatas para la región. El resto del mundo está igual de expuesto. Ningún país aparte de Estados Unidos ha utilizado nunca un arma nuclear en una guerra. Algunos querrían hacerlo. Un ataque nuclear estadounidense contra Irán establecería un nuevo precedente. Los rusos ya le han dicho al menos a dos gobiernos más que un ataque nuclear estadounidense contra Irán los liberaría para usar armas nucleares contra Ucrania. Pakistán e India se verían tentados a hacer lo mismo entre sí, al igual que Corea del Norte contra Seúl. Tras el primer ataque nuclear, la Tercera Guerra Mundial es inevitable. Esa guerra sería corta y final.
Hemos estado caminando dormidos hacia este momento durante meses. Desde febrero, la administración ha reescrito en silencio la doctrina nuclear de Estados Unidos para hacer más fácil y, por tanto, más probable el primer uso de las llamadas “armas nucleares de campo de batalla”. Nadie en Washington, en ninguno de los dos partidos, parece molesto por esto. Ahora estamos al borde de ello.
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Observadores cercanos dicen que Trump probablemente decidirá para el próximo fin de semana si usar o no armas nucleares. Eso sería el 7 de noviembre, a seis días de ahora. Para su crédito, está dudando. En este momento, Trump está escuchando a su vicepresidente, JD Vance, y a su enviado y amigo Steve Witkoff, ambos de los cuales argumentan que se puede hacer un acuerdo con Irán.
Tienen razón, aunque no será simple. Los iraníes son famosos por ser frustrantes en las negociaciones en cualquier circunstancia, y elementos de ese gobierno se han vuelto más radicales desde que el ayatolá Ali Khamenei y su familia fueron asesinados en febrero. Tras décadas de aislamiento, incluso los líderes iraníes relativamente moderados parecen confundidos por cómo se toman las decisiones en Occidente. (Por ejemplo, hay una creencia generalizada en Teherán de que el gobierno de Estados Unidos controla a Israel.) Pero en general, las personas que han hablado con tomadores de decisiones en Irán dicen que hay consenso allí en que más guerra es mala para todos y que vale la pena hacer un acuerdo.
Un grupo que no ha sido consultado hasta ahora es la población global: los cientos de millones de personas que serán asesinadas junto con sus hijos si Trump es empujado por Netanyahu a lanzar un ataque nuclear la próxima semana. Ahora sería el momento para que ellos hablen.
Tienen razón, aunque no será simple. Los iraníes son famosos por ser frustrantes en las negociaciones en cualquier circunstancia, y elementos de ese gobierno se han vuelto más radicales desde que el ayatolá Ali Khamenei y su familia fueron asesinados en febrero. Tras décadas de aislamiento, incluso los líderes iraníes relativamente moderados parecen confundidos por cómo se toman las decisiones en Occidente. (Por ejemplo, hay una creencia generalizada en Teherán de que el gobierno de Estados Unidos controla a Israel.) Pero en general, las personas que han hablado con tomadores de decisiones en Irán dicen que hay consenso allí en que más guerra es mala para todos y que vale la pena hacer un acuerdo.
Un grupo que no ha sido consultado hasta ahora es la población global: los cientos de millones de personas que serán asesinadas junto con sus hijos si Trump es empujado por Netanyahu a lanzar un ataque nuclear la próxima semana. Ahora sería el momento para que ellos hablen.
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Trump es aplastado en las elecciones: ¿es el final de su gobierno o el inicio de algo peor?
“Leí en Fox que no soy popular. Sus encuestas son terribles”, increpó Donald Trump a los presentadores de la cadena propiedad de la familia Murdoch, partidaria de los republicanos desde sus inicios. “Esta vez, nuestras encuestas acertaron, señor presidente”, le respondió uno de sus conductores. El diálogo bien parece a la viral escena de la película La Caída, donde un Hitler es informado en su búnker en Berlín sobre el avance de los Aliados y la derrota definitiva de los nazis en la Segunda Guerra Mundial.
“No importa, yo no fui en la boleta”, tiró Trump en otras de sus entrevistas para no hacerse cargo de una de las derrotas más estrepitosas de su partido. Los republicanos perdieron la gobernación de Texas, gobernada por ellos desde 1995 por el clan Bush, también la de Georgia y Ohio. En la Cámara de Representantes, la proyección de los resultados era catastrófica; los demócratas están cerca de quedarse con 228 sillas y los republicanos con 130. Y en el Senado, la elección fue una verdadera masacre: los de Trump perdieron los cinco estados claves de la contienda —Maine, Carolina del Norte, Alaska, Ohio y Michigan— y bastiones históricos como Carolina del Sur, Iowa, Kansas, Texas y, al parecer, Nebraska, la mayoría afectados por los aumentos del diésel, los aranceles y la eliminación de programas estatales de salud como Medicare y Medicaid para los más desfavorecidos, una gran parte de sus votantes.
Para dimensionar el nivel de derrota, solo basta con repasar unos simples datos: en Kansas, el senador Adam Hamilton le dio la primera victoria a los demócratas desde 1932; en Texas, James Talarico ganó, por primera vez, una banca en el Senado para el partido azul desde 1988; en Carolina del Sur, la hermana del fallecido senador republicano Lindsey Graham fue la primera republicana en perder desde 1998; en Iowa, los demócratas triunfaron por primera vez desde 2008; en Carolina del Norte, lo mismo; en Maine, el demócrata Troy Jackson puso fin al reinado de 30 años de Susan Collins en la Cámara Alta. En las gobernaciones todo fue aún peor: en Texas, la latina Gina Hinojosa desbancó a Greg Abbott, uno de los principales representantes del ala derechista del partido, y se convirtió en la primera demócrata elegida desde 1990 y la primera latina del estado. En Georgia, Keisha Lance Bottoms hizo algo parecido; el partido de Obama no triunfaba desde 1998. Mientras que en Ohio e Iowa no lo hacían desde 2006 en la gobernación.
Un verdadero tsunami que, además, viene acompañado del ascenso de figuras del ala de izquierda del partido azul, representado por la figura de Zohran Mamdani en Nueva York, Ilhan Omar, reelegida en el Congreso, y el senador electo de Michigan, el médico musulmán Abdul El-Sayed. Su campaña sintetizó la puja que existe entre el ala corporativa del partido —pro Israel y pro ricos— y el complejo y ascendente mundo izquierdista. En las primarias, El-Sayed le ganó a Haley Stevens, congresista de la Cámara de Representantes, en una contienda donde el grueso del dinero del lobby pro Israel fue en contra de su candidatura. Stevens terminó por apoyar a su contrincante republicano, Mike Rogers, en la recta final de la campaña con la intención de dañar su candidatura. Después de conocer su triunfo, El-Sayed declaró: “Queremos que nuestros impuestos se gasten aquí, en escuelas aquí, en atención médica aquí, en infraestructura aquí. No queremos que nuestro dinero se envíe para hacer apartheid, genocidio o guerra”.
Los Socialistas Democráticos de América (DSA), antes de las elecciones, solo tenían dos representantes; ahora tienen siete: Alexandria Ocasio-Cortez, Rashida Tlaib, Melat Kiros (Colorado), Donavan McKinney (Michigan), Darializa Avila Chevalier y Claire Valdez (Nueva York), y Chris Rabb (Pensilvania). Antes de los comicios, solo mandaban en la alcaldía de Nueva York con Zohran Mamdani.
“Leí en Fox que no soy popular. Sus encuestas son terribles”, increpó Donald Trump a los presentadores de la cadena propiedad de la familia Murdoch, partidaria de los republicanos desde sus inicios. “Esta vez, nuestras encuestas acertaron, señor presidente”, le respondió uno de sus conductores. El diálogo bien parece a la viral escena de la película La Caída, donde un Hitler es informado en su búnker en Berlín sobre el avance de los Aliados y la derrota definitiva de los nazis en la Segunda Guerra Mundial.
“No importa, yo no fui en la boleta”, tiró Trump en otras de sus entrevistas para no hacerse cargo de una de las derrotas más estrepitosas de su partido. Los republicanos perdieron la gobernación de Texas, gobernada por ellos desde 1995 por el clan Bush, también la de Georgia y Ohio. En la Cámara de Representantes, la proyección de los resultados era catastrófica; los demócratas están cerca de quedarse con 228 sillas y los republicanos con 130. Y en el Senado, la elección fue una verdadera masacre: los de Trump perdieron los cinco estados claves de la contienda —Maine, Carolina del Norte, Alaska, Ohio y Michigan— y bastiones históricos como Carolina del Sur, Iowa, Kansas, Texas y, al parecer, Nebraska, la mayoría afectados por los aumentos del diésel, los aranceles y la eliminación de programas estatales de salud como Medicare y Medicaid para los más desfavorecidos, una gran parte de sus votantes.
Para dimensionar el nivel de derrota, solo basta con repasar unos simples datos: en Kansas, el senador Adam Hamilton le dio la primera victoria a los demócratas desde 1932; en Texas, James Talarico ganó, por primera vez, una banca en el Senado para el partido azul desde 1988; en Carolina del Sur, la hermana del fallecido senador republicano Lindsey Graham fue la primera republicana en perder desde 1998; en Iowa, los demócratas triunfaron por primera vez desde 2008; en Carolina del Norte, lo mismo; en Maine, el demócrata Troy Jackson puso fin al reinado de 30 años de Susan Collins en la Cámara Alta. En las gobernaciones todo fue aún peor: en Texas, la latina Gina Hinojosa desbancó a Greg Abbott, uno de los principales representantes del ala derechista del partido, y se convirtió en la primera demócrata elegida desde 1990 y la primera latina del estado. En Georgia, Keisha Lance Bottoms hizo algo parecido; el partido de Obama no triunfaba desde 1998. Mientras que en Ohio e Iowa no lo hacían desde 2006 en la gobernación.
Un verdadero tsunami que, además, viene acompañado del ascenso de figuras del ala de izquierda del partido azul, representado por la figura de Zohran Mamdani en Nueva York, Ilhan Omar, reelegida en el Congreso, y el senador electo de Michigan, el médico musulmán Abdul El-Sayed. Su campaña sintetizó la puja que existe entre el ala corporativa del partido —pro Israel y pro ricos— y el complejo y ascendente mundo izquierdista. En las primarias, El-Sayed le ganó a Haley Stevens, congresista de la Cámara de Representantes, en una contienda donde el grueso del dinero del lobby pro Israel fue en contra de su candidatura. Stevens terminó por apoyar a su contrincante republicano, Mike Rogers, en la recta final de la campaña con la intención de dañar su candidatura. Después de conocer su triunfo, El-Sayed declaró: “Queremos que nuestros impuestos se gasten aquí, en escuelas aquí, en atención médica aquí, en infraestructura aquí. No queremos que nuestro dinero se envíe para hacer apartheid, genocidio o guerra”.
Los Socialistas Democráticos de América (DSA), antes de las elecciones, solo tenían dos representantes; ahora tienen siete: Alexandria Ocasio-Cortez, Rashida Tlaib, Melat Kiros (Colorado), Donavan McKinney (Michigan), Darializa Avila Chevalier y Claire Valdez (Nueva York), y Chris Rabb (Pensilvania). Antes de los comicios, solo mandaban en la alcaldía de Nueva York con Zohran Mamdani.
Ahora se le suman David Morales en Providence (Rhode Island) y Janeese Lewis George en Washington D.C., una de las principales capitales del país. En la ciudad de Los Ángeles todavía se espera si la concejal de la DSA, Nithya Raman, podrá desbancar a la alcaldesa Karen Bass.
Este avance también representa una creciente hegemonía del discurso de izquierda en el partido, centrado en la asequibilidad, terminar con las guerras en el extranjero y cobrar impuestos a los más ricos.Para los demócratas es el inicio de la pelea por la candidatura presidencial, una pelea que casi seguro estará centrada en el tándem armado por Kamala Harris y el saliente gobernador de California, Gavin Newsom, por el ala corporativa y, al parecer, por Alexandria Ocasio-Cortez ¿y Bernie Sanders? por el lado de la izquierda. Otras disputas similares en Estados Unidos se saldaron a favor del ala corporativa debido a su control del partido, su inacabable cantidad de fondos para campañas y las campañas de demonización contra los candidatos más favorables a políticas de justicia social. En décadas como la del 60, un ascenso político parecido del movimiento a favor de los derechos civiles fue saldado con asesinatos de alto perfil de figuras como Bobby Kennedy, Martin Luther King y Malcolm X, entre otros, a manos de matones tercerizados del FBI dirigido por J. Edgar Hoover, el jefe de la policía política de ese entonces.
Pero el gran interrogante es si toda esta marea azul podrá marcar el inicio del fin para Donald Trump y su movimiento MAGA, iniciado en 2016 con consignas como “drenar el pantano” o acabar con las “guerras estúpidas”, todas promesas incumplidas. Para el matemático Peter Turchin, creador de la disciplina cliodinámica, dedicada a identificar ciclos de la historia, Trump representa a un grupo de empresarios y políticos que quedaron fuera de la élite estadounidense por la sobreproducción de ricos y burócratas, que lograron capitalizar el enojo de millones de estadounidenses que se están quedando atrás con el aumento de la pobreza, el empeoramiento de la calidad de vida y la pérdida continua de derechos. Ese grupo —los hombres y mujeres blancos, los “deplorables” según Hillary Clinton— abandonó a Trump y su partido en estas elecciones. ¿Pero alcanzará para acabar con el movimiento que representa a una parte de la sociedad estadounidense desplazada, ahora con la irrupción de la IA y las tecnológicas?
Otro gran interrogante es si en el partido demócrata aparecerá otro Trump; es decir, un líder que aglutine un movimiento antirricos y antiguerra, a favor de un mayor cobro de impuestos y una mejora en las condiciones de vida de la población blanca ilustrada, los trabajadores de cuello blanco sustituidos por la IA, la comunidad migrante y los afroestadounidenses. O si este movimiento en ascenso de descontento, representado por los Mamdani y El-Sayed, terminará siendo absorbido por una nueva candidatura presidencial lavada, vetusta y pro corporaciones, como fue la de Joe Biden e intentó ser la de Kamala Harris. Es difícil, casi imposible, pensar que eso vaya a suceder, pero la realidad del mundo viene dando un par de bofetadas a muchos de nosotros.
El gran asunto, sin embargo, en el corto plazo es el futuro de la presidencia de Donald Trump. ¿Será su fin? ¿Sufrirá un impeachment? ¿Podrá gobernan sin el congreso?
La respuesta a estos interrogantes están el final del texto en mi newsletter; brunosgarzini.substack.com/p/trump-es-apl…
Este avance también representa una creciente hegemonía del discurso de izquierda en el partido, centrado en la asequibilidad, terminar con las guerras en el extranjero y cobrar impuestos a los más ricos.Para los demócratas es el inicio de la pelea por la candidatura presidencial, una pelea que casi seguro estará centrada en el tándem armado por Kamala Harris y el saliente gobernador de California, Gavin Newsom, por el ala corporativa y, al parecer, por Alexandria Ocasio-Cortez ¿y Bernie Sanders? por el lado de la izquierda. Otras disputas similares en Estados Unidos se saldaron a favor del ala corporativa debido a su control del partido, su inacabable cantidad de fondos para campañas y las campañas de demonización contra los candidatos más favorables a políticas de justicia social. En décadas como la del 60, un ascenso político parecido del movimiento a favor de los derechos civiles fue saldado con asesinatos de alto perfil de figuras como Bobby Kennedy, Martin Luther King y Malcolm X, entre otros, a manos de matones tercerizados del FBI dirigido por J. Edgar Hoover, el jefe de la policía política de ese entonces.
Pero el gran interrogante es si toda esta marea azul podrá marcar el inicio del fin para Donald Trump y su movimiento MAGA, iniciado en 2016 con consignas como “drenar el pantano” o acabar con las “guerras estúpidas”, todas promesas incumplidas. Para el matemático Peter Turchin, creador de la disciplina cliodinámica, dedicada a identificar ciclos de la historia, Trump representa a un grupo de empresarios y políticos que quedaron fuera de la élite estadounidense por la sobreproducción de ricos y burócratas, que lograron capitalizar el enojo de millones de estadounidenses que se están quedando atrás con el aumento de la pobreza, el empeoramiento de la calidad de vida y la pérdida continua de derechos. Ese grupo —los hombres y mujeres blancos, los “deplorables” según Hillary Clinton— abandonó a Trump y su partido en estas elecciones. ¿Pero alcanzará para acabar con el movimiento que representa a una parte de la sociedad estadounidense desplazada, ahora con la irrupción de la IA y las tecnológicas?
Otro gran interrogante es si en el partido demócrata aparecerá otro Trump; es decir, un líder que aglutine un movimiento antirricos y antiguerra, a favor de un mayor cobro de impuestos y una mejora en las condiciones de vida de la población blanca ilustrada, los trabajadores de cuello blanco sustituidos por la IA, la comunidad migrante y los afroestadounidenses. O si este movimiento en ascenso de descontento, representado por los Mamdani y El-Sayed, terminará siendo absorbido por una nueva candidatura presidencial lavada, vetusta y pro corporaciones, como fue la de Joe Biden e intentó ser la de Kamala Harris. Es difícil, casi imposible, pensar que eso vaya a suceder, pero la realidad del mundo viene dando un par de bofetadas a muchos de nosotros.
El gran asunto, sin embargo, en el corto plazo es el futuro de la presidencia de Donald Trump. ¿Será su fin? ¿Sufrirá un impeachment? ¿Podrá gobernan sin el congreso?
La respuesta a estos interrogantes están el final del texto en mi newsletter; brunosgarzini.substack.com/p/trump-es-apl…
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